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sigulka
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SIGULKA

 

Tras mencionar su nombre, alguien preguntó cómo sonaba su música. “Sigulka es Sigulka”, respondí, consciente de que la explicación resultaba tan obvia que podía producir perplejidad en quien espera una respuesta aclaratoria y sencilla. Sin embargo, quien haya escuchado su música sabe que se trata de una definición bastante certera que se desvirtuará en las siguientes líneas, en la torpeza de explicar la singularidad de su estilo.

 

Sigulka es algo tan sencillo y tan complejo como el mestizaje. Es hierro y seda, roca y agua. Sigulka es alegría, vivacidad y fiesta, alas, raíces y sueños. Es también latido del Mar Negro, corazón celta y ritmo de rock. Sigulka es… Sigulka.

 

Probablemente el origen dispar de sus cinco componentes es el elemento principal que consigue que cada acorde sea único y a la vez imprescindible en una cadena de sonidos que no dejan indiferente a quien permite el abrazo de su ritmo.

 

Mientras la música suena, Sigulka completa cada resquicio de la mirada con un río de luces y símbolos que entroncan, sin timidez, con los símbolos que las culturas célticas medievales dibujaron en el Libro de Kells o en el de Durrow.

 

Como aquellos trazos geométricos y divinos, la escenografía y la música de Sigulka se entrelazan en requiebros casi imposibles, en nudos de cuatro cabos y mil sonidos, en ligaduras que, siendo el fin, resultan el principio, como sucede en el círculo que se completa.

 

Para la suerte de quienes un día conocimos su música, el grupo ha preparado Blackstorm, un disco que desde su nombre ya evoca sueños, tormentas y leyendas.

 

Sigulka, que nadie lo olvide, es Sigulka.

 

 

Ana Manzano Peral-periodista.


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